El pasado domingo se llevaron a cabo elecciones en Rusia y, como se esperaba, Vladimir Putin resultó vencedor con aproximadamente el 63% del 99% de los votos escrutados, por tanto no fue necesaria una segunda vuelta. No regresó antes a la presidencia ya que la Constitución rusa no permite estar en el cargo por más de dos mandatos consecutivos. Aunque, por supuesto, Putin pudo y puede manipular la ley para permanecer invariablemente en el poder.
La sociedad civil ha denunciado ampliamente el fraude en las elecciones. Tanto las denuncias como las protestas provienen de la clase media que prosperó durante la estabilidad autoritaria que proporcionaron los dos periodos presidenciales de Putin; sin embargo el éxito de la política económica ya no es suficiente. Esta nueva clase media educada y acomodada exige una democracia en la que puedan participar.
La clase media y los jóvenes con estudios superiores, por tanto, son los enemigos del Estado, así lo dijo el mismo Putin cuando anunció su victoria; lo cual denota el pensamiento de agente de la KGB más que de un político astuto.
Por otro lado, a pesar del carácter opresor del régimen, algunos rusos ven a Putin, no tanto como un autócrata sino como un líder fuerte; de hecho es bastante popular en el ámbito rural y entre la población que se sustenta por medio de los ingresos del petróleo y del gas.
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